En este duelo pasivo-agresivo del oficialismo venezolano, existe un dilema que baila al ritmo de una salsa caraqueña. Por un lado las instrucciones claras del presidente Donald Trump en ejercicio de sus labores como jefe de gobierno norteamericano, responsable de la encarcelación del señor Maduro -a quien con el mayor anhelo- le deseo un frío ininterminable en las cuatro paredes de su celda en New York.
La señora Delcy presidente interina Rodríguez, nótese el sarcasmo, libra un duelo de esgrima con su propia gente. El miedo se revela ante los falsos protagonistas, aquellos que mal llamados a sí mismos en su deshumilde pasado "los intocables", sin embargo, no solo la capital tembló cuando impactaron las detonaciones, también lo hicieron sus manchados pies y manos, que con un rojo carmesí invisible a plena vista pero reconocible para cualquiera que defienda las libertades y la democracia en todos sus aspectos. El comité de los rojitos, enchufaditos, mal acostumbrados por los dotes del poder, parecen en ocasiones un pelea de gallos que cacarean y rajuñan desesperados.
Y siguen desapareciendo personas, siguen atacando a periodistas, continúa la brega del acoso y la práctica de la persecusión. No es una Venezuela feliz, ni tampoco una Venezuela libre. Diría un literato con una expresión coloquial "cambiamos de pantalón, pero es de la misma marca" por lo que, en teoría sabemos que puede ocurrir y como resultan los desenlaces que rodean a estos señores que nunca han buscado la paz, y que sus intentos de tapar el sol con un dedo, redundan en la connotación más lógica y grande de los últimos 26 años, el gobierno norteamericano, la CIA y la presión internacional los tienen a ralla, medidos y delimitados.
El señor Diosdado Cabello no tiene ganas de sonreir cual macabro, en cambio nos ofrece el fruto de su apatía y deshonestidad, pretende hacernos ver que tiene al toro por los cachos, pero algunas verdades, como estas, deslumbran el sentimiento de vacío que refleja el hecho de perder un rey en contiendas de ajedrez. Del mismo modo, en su pretención, quieren seguir laborando en su "maladie mortelle" pero en consecuencia reciben el mismo regaño.
La desaparición del periodista Álvaron Algarra en Venezuela, corresponsal de la Deutsche Welle, nos demuestra una vez más las guerras internas que transitan en el oficialismo; entregar de nuevo a Alex Saab y envolver -cual regalo- al también invitado a una cercana celda junto al señor Maduro, me refiero por supuesto al señor Raul Gorrín, dueño de Globovisión, otro de los que juraba ser dueño del mundo. Pero se comen la luz roja del semáforo y con este nuevo sistema -que insisto, debe conducirnos a la democracia- solo les esperan multas, detenciones y altibajos.
Seguiré esperando muy feliz con mi café en la mano,
el día en que el señor Diosdado Cabello no tenga más que decir...
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