La noticia que acompaña el fallecimiento de Víctor Hugo Quero comprende una melancolía imposible de esconder. No solo relata la pérdida de otro hermano venezolano que enfrentó todas las morbosidades de vivir en un país dominado; lamentablemente, también arrastró consigo a su madre.
En este momento es cuando nos percatamos de qué tan frágil es la vida y de qué tan perverso puede llegar a ser el gobierno oficialista de Nicolás Maduro y actualmente de Delcy Rodríguez.
“Lo mataron, mataron a Víctor Hugo Quero y a su madre”, dicen los periódicos internacionales. Y sin dudas ni misterios, eso es precisamente lo que se refleja como resultado de la búsqueda desesperada de una madre, realizada durante más de dieciséis meses y tras recorrer incontables presidios. Entre estos rincones informativos resuenan algunos nombres, como el del señor William Saab y sus allegados; alguien muy capaz, porque no lo conocemos desde ayer: con tantas torturas y víctimas, podríamos reconocer su firma a más de cien mil metros de distancia.
Si bien es cierto que la señora Carmen Navas falleció por causas distintas a las de su único hijo, solía escuchar de pequeño que la tristeza también mata y, del mismo modo, parte el alma a la mitad. No tengo la menor duda de que esto sea lo más cercano a ello. Y habrá personas que dirán: “Murió de tristeza y por la edad, ¿de qué más?”. Pero no. La señora Navas —en paz descanse su alma, ahora reunida con la de su hijo— no encontró, en su odisea o infierno de Dante, los ojos que movían su mundo, la razón por la cual libró tan noble batalla. Me refiero a una historia que motivó y partió el corazón de miles de personas. No es un bestseller sacado de la ficción; es una historia real.
¿Y qué hace el gobierno de la señora Rodríguez? Como siempre, son expertos en negar los hechos, privaron a una madre de la verdad y la condenaron a buscar entre rincones vacíos y cimientos el rostro de su hijo, preso político, alguien que hoy se suma al saldo de todas las personas que han perdido la vida enfrentando al oficialismo.
Por otro lado, ahora en las marchas, la GNB hace lo de siempre: “caernos a coñazo limpio”. Quienes deberían protegernos nos atacan; aquellos que juraron ante la ley mantener el orden son otra de las tantas muestras y ejemplos que tiene el mundo para percatarse de quiénes estamos hablando y de qué tan lejos pueden llegar con tal de mantenerse en el poder. Los estudiantes en las calles, gritando y exigiendo, y pronto veremos muchas otras madres que van a perder a sus hijos.
Y mientras tanto, el señor Trump nos regala frases asegurando que los venezolanos están bailando en las calles, felices y risueños, mientras el petróleo desborda gota a gota.
No, señor Trump, no estamos bailando. Estamos en las calles marchando, inconformes, porque no queremos una transición que involucre a los hermanos Rodríguez ni a ningún otro actor del oficialismo; tampoco una transición en la que el pueblo continúe siendo castigado por el anhelo de estos 27 años de lucha que claman justicia y libertad.
¿Debemos permitir que el mundo hable de una transición para Venezuela sin el apoyo de los propios venezolanos? ¿O entonces tendremos que discernir entre la libertad auténtica y la simple ilusión de un país libre?
Mientras sigan difundiendo esa mentira, nada cambiará.
Seguimos igual, o incluso peor.
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